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miércoles, 4 de abril de 2012

Transgénero por un día en @revista_mirales

Enlace al reportaje original: Revista Mirales.
Autora: María Jesús Méndez
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María Jesús Méndez se convierte el día 26 de marzo de 2012 en Mario. Mario sin más. Para dejar de ser María Jesús Méndez, nacida con el sexo biológico femenino, y reconocida en su entorno como “mujer”, deja de lado los hábitos que, por años, han acompañado sus comportamientos relacionados con su idea de ser mujer.
Comportamientos que ha aprendido de su madre, sus tías, su abuela, amigas y que, muy probablemente, ha reforzado en películas, series, revistas, libros y publicidad. María Jesús Méndez deja ese día de maquillarse los ojos con sombra gris clara y gris oscura. No se pone rimel ni colorete. No enciende la plancha del pelo ni decide entre sus pantalones ajustados y faldas cortas.
El 26 de marzo de 2012, María Jesús Méndez se convierte en Mario. Mario sin más. No sabe muy bien cómo ser un hombre, se crió entre mujeres. Menos cómo ser una persona trans. Hasta que con 24 años no conoció a una universitaria transexual, no sabía muy bien qué significaba sentirse desconocida en el propio cuerpo. Ignoraba el dolor, las noches sin dormir, la culpa y la rabia que pueden caber en un cuerpo biológicamente femenino o masculino.
María Jesús Méndez se mira al espejo desnuda y piensa. “¿Y si a pesar de tener dos tetas, a pesar de que mi familia, el Estado, la Iglesia y las instituciones varias me reconocen como mujer, yo me sintiera un hombre?”.
Preceden a María Jesús Méndez muchas personas que, nacidas con sexo biológico femenino, han expresado en sus hábitos y comportamientos lo que realmente han querido o necesitado ser: hombres. Y viceversa.
A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Elisa y Marcela se querían. Ambas eran gallegas. Maestras en pueblos diferentes. Elisa caminaba todas las noches doce kilómetros para dormir junto a Marcela.
Un día Elisa se cortó el pelo. Se vistió de hombre y dijo que se llamaba Mario. Tomó la identidad de un primo fallecido en un naufragio.
En 1901 Marcela y Elisa/Mario se casaron por la iglesia. Tomar la identidad de un hombre fue el único camino que encontró Elisa para consumar su relación.
Después de ser sorprendidas, Marcela y Elisa/Mario huyeron.
Siglos antes, Elena de Céspedes se casó con una mujer después de vestirse de hombre y darse a conocer como Eleno. Sus vecinos la denunciaron al tribunal de la Inquisición.
María Jesús Méndez, nacida con sexo biológico femenino y con orientación sexual lésbica, no necesita vestirse de hombre ni ser uno para mantener una relación con una chica. Pero quiere saber cómo es ser transgénero en Madrid de 2012.
Primero se documenta en Internet. Transgénero es el concepto que engloba a aquellos que no se identifican con el género que se les asigna según el sexo con el que nacen.
No implica una orientación sexual determinada. La identidad transgénero incluye diversas categorías, como travestismo, androginia, transexualidad, entre otras. Una persona transgénero, además de identificarse con un género determinado, puede identificarse como intergénero, agénero o bigénero.
María Jesús Méndez decide convertirse en transgénero por un día. Por lo que el 26 de marzo, por la mañana, llega a su casa Lucía, estilista y maquilladora, quien se encarga de disimular los rasgos más asociados con la idea de mujer, y acentuar los que parecen encajar mejor con la idea de hombre. Hasta ese momento no había pensando en la importancia de los rasgos a la hora de parecer una cosa u otra. Al menos no lo había pensando con seriedad.
Ya con las tetas escondidas tras unas ajustadas vendas, barba incipiente, traje y corbata, emerge Mario. Mario sin más.
Mario se siente inseguro siendo Mario sin más. Se mira al espejo. No se gusta físicamente. El no gustarse influye directamente en su forma de hablar. Menos fluida y espontánea. Para tratar de ser un hombre, Mario exagera la gravedad de su voz y sus movimientos. Intenta ser masculino. ¿Qué es ser masculino?, ¿forzar la voz hasta lograr un poco creíble tono más serio?, ¿parecer menos dulce y más indiferente?
¿Qué nos hace ser más hombres o más mujeres? Se pregunta Mario. ¿La ropa, la barba? Pues no. Para Mario no es suficiente lo que lleva puesto. Mario necesita mostrarse menos encantador. Mario no sabe muy bien cómo ser hombre. Menos cómo ser transgénero.

Mario por Madrid

Mario comienza el día cambiando de sucursal bancaria. Se acerca a su nueva oficina del banco junto a una amiga. La mujer que lo atiende tiene entre 35 y 40 años. El pelo rubio, rizado y los ojos azules. Intenta mostrarse muy correcta. Es amable. Sólo cuando va a sacar fotocopias susurra algo a sus compañeros de trabajo. Mario se da cuenta de que lo miran. No hay risas, sólo miradas. Sólo curiosidad.
La mujer rubia de los rizos no sabe muy bien cómo tratar a Mario. A veces le trata de ella, a veces de él. Se disculpa. Las palabras salen confusas de su boca. “Perdona, ¿cómo prefieres que te llame?”. Mario, contesta Mario sin más.
La mujer de los rizos rubios se permite mostrar curiosidad y pregunta cuándo tendrá Mario su identidad real, un DNI con el nombre de Mario sin más. Mario espera que pronto.
La mujer se confunde y se avergüenza. Pide perdón dos veces. Ha llamado María Jesús a Mario. Mario no dice nada, sonríe amablemente. Masculinamente amable.
Después de salir del banco, Mario pasea por Madrid, cocina, coge el metro, pasea de la mano con su novia y bebe cervezas en dos bares del centro de la ciudad. También entra a una iglesia.
Miradas. Muchas miradas. Algunas están cargadas de curiosidad. Otras de asco. Otras de sorpresa. Miradas es todo lo que atrae Mario. Son miradas largas, de esas que continúan incluso cuando Mario ya ha pasado por un sitio
Mario ve cómo la gente comenta a su paso, pero no lo logra escuchar. En la terraza de un bar, cinco hombres latinoamericanos de más de treinta años, corpulentos, observan a Mario mientras entra al bar acompañado de tres amigas. Se ríen a carcajadas después de verlo pasar. Mario sale del bar y se acerca a su mesa. “¿Os estáis riendo de mí?”, les pregunta exagerado la gravedad de su voz. Los cinco individuos, nacidos biológicamente como hombres, se quedan en silencio. “No”, miente uno, “nos estábamos riendo de él (apunta al que está al lado) porque... porque tiene unos tamales. ¿Quieres unos tamales? No tendríamos por qué reírnos de ti, no, no… no nos reíamos de ti”.
Mario se marcha. No alcanza a dar cuatro pasos y vuelve a escuchar las carcajadas. Esta vez más intensas.
Por la noche, a Mario le duele el cuerpo de una forma no física. No ha sentido antes ese dolor. Ya solo en casa, Mario recuerda que, a lo largo del día, habló con varias personas en la calle, preguntó direcciones, pidió indicaciones. Simplemente conversó. Gente a la que llaman común y corriente. De esa que se puede encontrar en cualquier sitio. Gente mayor y gente joven. Gente en la que encontró amabilidad. Gente con la que Mario también se sintió común y corriente. Recordó en especial a un hombre viejo al que le faltaba un diente y que le recomendó un restaurante barato en la zona sur de Madrid. “Yo soy de pueblo, pero no tengo prejuicios. Las cosas hay que entenderlas, no pasa nada”, le dijo a Mario.
“No pasa nada”, repasa Mario en su cabeza. Pero no suena a verdad. Mario sin más no se parece a María Jesús Méndez. Mario es más tímido, más inseguro. Mario no se siente tan fuerte como para ser transgénero por un segundo día. La presión de las miradas le ha hecho doler el cuerpo. Doler de una manera no física.
Mario está cansado así que se te mete a la ducha. Sin ropa, pero con barba, Mario ya no tiene muy claro lo que es. El agua va borrando los rastros. Emerge María Jesús Méndez, confusa. ¿Qué define a un hombre y qué define a una mujer?, ¿cuál es el límite del género?, ¿sólo un atuendo, un peinado, un maquillaje hace un ella y hace un él? Ya no es Mario, ahora es María Jesús sin más, pero le sigue doliendo el cuerpo. Otra vez esa forma no física de dolor. Ya no es el peso de las miradas. Quizás sólo es el peso de sus propios prejuicios, de darse contra sus propias y aparentemente invisibles barreras.
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Estilismo: Lucía Sobrino
Fotografía:
Clarissa González
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