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jueves, 2 de mayo de 2013

La educación pública como lugar de resistencia transfeminista vía @platerin

Artículo de presentación del bloque "Educación e identidades sexuales" del libro "El orgullo es nuestro.Movimientos de liberación sexual en el Estado español”. Publicado por el periódico El Diagonal con licencia Creative Commons.


Autora del artículo: Lucas Platero.


En mi instituto, como en todos los que conozco, el insulto que más se oye en los pasillos es "maricón" - además de "puta", claro-. Cada vez que dicen "maricón" tratan de intimidar a ciertos compañeros, utilizando una forma de humillación que incide mal definición misma de la identidad masculina. "Marimacho", "nenaza", "bollera", entre otros, son términos que se dicen, no siempre queriendo aplicar exactamente lo que significa. Señalan, sin embargo, la obligación de conformar las normas que colocan a cada sujeto en esta sociedad dentro de un estrecho margen de actuación: los hombres han de comportase conforme a las etiquetas y pautas que delimitan la masculidad, y de la misma manera, las mujeres han de cumplir con lo que esta sociedad y este tiempo dicta. El mensaje que lanzamos es claro: cuando rompes las normas, hay un castigo. Insultos, aislamiento, vejaciones y todo tipo de humillaciones más o menos evidentes, a menudo toleradas en nuestros entornos más inmediatos, como la familia, la escuela, el barrio o el trabajo.

La homofobia y el sexismo también sirven para acosar e intimidar al alumnado más vulnerable: por una parte, se persiguen todas las rupturas de género y sexualidad, independientemente de su orientación sexual y género. Por otra parte, se recuerda a las personas homosexuales, transexuales y bisexuales que han de ocultar partes significativas de sus vidas y que si muestran tal cual son, pueden ser objeto de rechazo, aislamiento, burla y acoso.

La escuela necesita abordar tanto los distintos roles de mujeres y hombres en la sociedad, como la educación sexual en general, y la diversidad sexual en concreto. Hoy por hoy, al profesorado le cuesta y a menudo renuncia a hablar de la sexualidad, un tema que pocos docentes consideran dentro de sus planes educativos. Al no educar sobre la diversidad sexual, transmitimos valores y conocimientos que están teñidos de sexismo y homofobia, transformando el conocimiento heterosexista en neutral. No actuamos de forma específica ante la discriminación y el acoso escolar homofóbico. Nos alarmamos por las consecuencias del acoso escolar, pero no nos escandalizamos por las causas del mismo, que hemos normalizado. Y el profesorado consiente el sexismo en clase. A ello se suma la "homofobia pedagógica", es decir, el uso de la homofobia como herramienta de trabajo apelando a ciertas formas de masculinidad o feminidad como apropiadas y disuasorias de las rupturas de la norma, con efecto muy negativos.

¿Dónde se habla de sexualidad?

Podríamos pensar que la homofobia y el sexismo en las escuelas son cuestiones puntuales, y sin embargo, están conectadas con la violencia que sucede en otro ámbitos de nuestra sociedad y así también con los debates que se producen dentro de los movimientos sociales. Nos podríamos preguntar: ¿cuáles son los lugares para hablar sobre la sexualidad? ¿Cómo se conectan los cambios sociales con las prácticas educativas? Dando un paso más, ¿qué impacto tienen las nuevas perspectivas feministas y queer, el mismo transfeminismo en las prácticas pedagógicas y sobre la intervención social? Sabemos que la sexualidad no espera a salir de clase, ni a tener 18 años, ni a ser perfectamente controlada y explicada.

Mientras discutimos sobre la violencia sexual y de género en las aulas, ¿qué sucede en la calle y en los movimientos sociales que responden a estas exclusiones? En 2009 se hizo rotundamente visible una perspectiva del feminismo llamada "transfeminismo", cuyas raíces podemos situar en las Jornadas Feministas de Madrid (1994), "Juntas y a por todas". Entonces las mujeres transexuales tuvieron una participación visible, introdujeron su realidad y desafiaron la trayectoria de otros países donde la presencia trans en el movimiento feminista es conflictiva. Seis años después, en las Jornadas Feministas de Córdoba (2000) "Feminismo.es... y será", se sucedieron los debates trans sobre la prostitución, la relacion entre el feminismo y la transexualidad, con igual aceptación. Pero no fue hasta 2009 en las Jornadas de Granada, "Treinta años después: aquí y ahora", cuando se forjó la noción de que el transfeminismo no tiene que ver sólo con la aceptación de las mujeres trans en el movimiento feminista, sino con un movimiento que pide a la lucha feminista en su conjunto que sea consciente de la necesidad de romper con una perspectiva binaria sobre la realidad.

Esto supone trascender la lucha y la comprensión del mundo dicotómica que ha estado enraizada en la construcción de la diferencia hombre/mujer, homo/heterosexual, cis/transexual, por ejemplo. Para muchas activistas fue un momento especial, ya que supuso una inclusión visible de los varones trans en el movimiento feminista, "una apuesta queer en clave ibérica", un debate necesario que conectaba con lo que está sucediendo en otros países y con lo que se está debatiendo desde los estudios críticos postcoloniales, queer, transfeministas, sobre la diversidad funcional, interseccionales, etc. De estas jornadas han surgido relevantes discusiones, y libros que tienen lugar en sitios diversos como locales de colectivos, universidades, museos y centros de arte, o directamente en la calle con el 15M.

En estas acciones, la lucha por la despatologiczación de la transexualidad ha tomado un papel fundamental, que ha tenido como protagonistas a activistas y organizaciones que no son parte necesariamente de lo que se conoce como el "movimiento LGTB" oficial, pero que ha ayudado a que esta demanda crezca y sea cada vez más visible, forzando incluso a todo tipo de organizaciones LGTB a tener una postura más progresista a favor de la despatologízación.

Leer: Indignante: Los maricas dan sida.
Los derechos de reconocimiento de las parejas de hecho en once comunidades autónomas, el acceso al matrimonio y adopción entre personas del mismo sexo y el cambio registral de nombre para las personas transexuales no impiden que se mantenga y aumenta la discriminación de las personas LGTB en todos los ámbitos. (Nota fuera del artículo: propongo la lectura también del mismo libro llamada "Espejismo de igualdad legal"). 

¿Y qué hay de los medios de comunicación? Aunque sólo muestren aquellos casos que alcanzan cierta notoriedad, se hacen eco de situaciones de discriminación por las cuales la sexualidad no normativa sigue siendo motivo de mofa y exclusión, como el insulto por parte de miembros de la Iglesia, el acoso escolar homofóbico y despido de profesores, el desamparo de los hijos de los gays nacidos por subrogación, la descalificación en los debates electorales, la homofobia como justificación para el robo de bebés en el Franquismo, jueces que hacen declaraciones homófobas y vejan a la ciudadanía, o la discriminación a lesbianas al negarles el acceso a la reproducción asistida... Estas noticias denuncia todo tipo de situaciones discriminatorias. Otras informaciones también muestran cuestiones positivas que dan cuenta de la sensibilización y castigo de la LGTBfobia como las protestas por la visita del Papa en julio de 2011, la lucha frente a los recortes sociales como la "Marea Verde" por la educación pública que cuentan con numerosos líderes LGTB; las protestas por la criminalización del activismo en la performance de la capilla de Somosaguas, la caravana de "palomos cojos" organizada por el programa de televisión "El Intermedio" como respuesta a la homofobia del alcalde de Badajoz, o la consideración de violencia de género para las mujeres transexuales.

Pero volvamos a observar el impacto pedagógico del transfeminismo y la teoría queer: podríamos pensar que, lejos de compartimentar las luchas y los espacios sociales, los problemas de las escuelas se parecen demasiado a los problemas sociales, de manera que necesita soluciones similares. Por ello la sexualidad debe formar parte de la formación y el crurrículo del alumnado, no sólo de los espacios informales donde se confunde mito con realidad. Ya sabemos qué consecuencias acarrea una educación que evita hablar de sexo, sentimientos y discriminación.

Justo ahora, con todos los recortes sociales y políticas neoliberales que están destruyendo la educación pública, toca seguir reivindicando una educación integral y en valores. Faltan programas específicos que aborden las necesidades globales de nuestros centros educativos, y que desafíen el sexismo y la LGTBfobia cotidianas. Queremos que estudiantes y profesorado podamos mostrarnos tal y como somos, y ser respetados por ello. Es imprescindible incluir en nuestra tarea docente los temas relevantes de nuestro tiempo, sin mirar a otro lado, las desigualdades sociales estructurales y todo tipo de violencias. En concreto, una mirada queer y transfeminista sobre la educación necesita que nos formemos para enseñar a pensar y tener una visión crítica sobre nuestro tiempo.

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