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miércoles, 21 de agosto de 2013

¿Qué puede hacer una mujer con otra mujer en la cama? Lesbofobia - O. Viñuales

Fragmento del libro Lesbofobia de Olga Viñuales. 

¿Qué puede hacer una mujer con otra mujer en la cama? De todo. De todo quiere decir: besarse, acariciarse, estimularse el clítoris mutuamente, practicar el cunnilingus, penetrar la vagina con los dedos, con dildos o con cualquier otro objeto, penetración anal, tribadismo clitoridal, etc. Negar la existencia de relaciones sexuales entre mujeres es un absurdo. Sabemos que las lesbianas desean sexualmente a otras mujeres. No a todas las mujeres, evidentemente, porque las lesbianas, lo mismo que las heterosexuales, son selectivas, pero desean. Y en sus relaciones sexuales, dependiendo de las preferencias personales, pueden realizar todo tipo de prácticas sexuales. Esta realidad refuta la suposición popular que todavía piensa, sobre todo en el área latina, a las lesbianas como seres primariamente emocionales, que practican poco sexo y que cuando lo practican no van más allá de cuatro caricias, besos y, como máximo, la estimulación mutua del clítoris.


Durante mi tesis doctoral (Identidades Lésbicas), muchas mujeres heterosexuales me preguntaban qué hace una mujer con otra en la cama. De todas mis respuestas lo que más las sorprendía era la penetración vaginal o anal. Tanto es así que una de mis interlocutoras observó que si entre mujeres se utiliza dildos entonces ella no entendía por qué se definen como lesbianas. La realidad es que algunas heterosexuales gozan y prefieren la estimulación del clítoris a la penetración vaginal y que algunas lesbianas gozan preferentemente con la penetración vaginal y también con la anal. ¿El mundo al revés? Recordemos una vez más la cadena simbólica y la absurda asociación que en ella se establece entre orientación sexual y práctica sexual. Esta asociación niega la diversidad de prácticas existentes tanto entre homosexuales como entre heterosexuales al mismo tiempo que demoniza otras prácticas. Lo único que indica la orientación sexual es la preferencia por  un determinado objeto de deseo, en este caso por compartir determinadas prácticas sexuales con una persona del mismo género. De manera que se puede ser lesbiana y preferir la penetración anal a la vaginal, o cualquier otra práctica, sin que ello cuestione la orientación sexual. Esta máxima puede hacerse extensiva también a la heterosexualidad. Y para verificarlo sólo hay que acudir a la red de pornografía lésbica y heterosexual.  


El prejuicio que asocia heterosexualidad con coito vaginal y lesbianismo con ausencia de penetración vaginal, suele ir acompañado de la idea de que en la cama una mujer tiene que hacer de hombre, es decir, tiene que ser activa, llevar la iniciativa y la otra tiene que hacer de mujer, ser pasiva y acomodarse a las exigencias de la otra. La idea de que en la cama siempre hay una que es más “activa” o más “masculina” que la otra, evidencia hasta que punto se ha interiorizado la tradicional política de roles: Masculino (activo) y femenino (pasivo), y expresa la arcaica suposición de que las lesbianas, porque no son auténticas mujeres, se mostrarán activas. Esta perspectiva da por supuesto que las auténticas lesbianas son masculinas y que las otras, las que tienen una estética más femenina o actitud más pasiva según los cánones tradicionales, son lesbianas de imitación. Es evidente que algunas parejas lésbicas reproducen la estética tradicional, pero ello no indica cuáles son sus prácticas sexuales preferentes o cuál es el rol que desempeñará cada una de ellas en la cama o, incluso, si éstos son intercambiables. Este prejuicio obvia que, hoy, las actitudes guardan relación antes con las características de personalidad que con el género o con la orientación sexual.

La sexualidad lésbica ha sido negada y estereotipada socialmente. En un primer momento fue negada porque se pensaba que las mujeres que se definían como lesbianas carecían de deseo sexual y que su definición evidenciaba carencias afectivas, necesidad de encontrar a otra mujer a quién amar y ser amada. Este tipo de suposición rechazaba la idea de que una “mujer de verdad” pudiera negarse a tener relaciones sexuales con un hombre. Posteriormente, al tomar como modelo de referencia el coitocentrismo vaginal heterosexual, la sexualidad entre mujeres se ha pensado como una sexualidad opuesta a dicho modelo y, por tanto, limitada a una única y exclusiva práctica sexual: la estimulación del clítoris. Hoy, carece de sentido continuar negando la evidencia, o lo que es lo mismo, la existencia de una gran diversidad de prácticas sexuales entre lesbianas. Sin olvidar, y esto es lo más importante, que estas prácticas pueden tener significados distintos a los asignados en el ámbito heterosexual. Por ejemplo, mientras la pornografía heterosexual privilegia el pene como máximo órgano sexual, en la pornografía lésbica el dildo es un medio (no un fin) para proporcionar placer a la otra.

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