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jueves, 27 de marzo de 2014

Queer para dummies vía @Sentiido

FUENTE Y AUTORÍA: SENTIIDO
Sentiido.com (Sentiido.com) / CC BY-NC-ND 3.0



Algunas personas le sumaron la “Q” a la sigla LGBTI. ¿A qué se refiere esta letra y qué tan válida es incluirla ahí? Primera parte del especial de Sentiido “Queer con plastilina”.

A la sigla LGBT, la cual se utiliza desde la década de los 90 para referirse a las personas lesbianas, gais, bisexuales y transgeneristas, cada vez le suman más letras. Una de las más recientes en llegar fue la “I” que agrupa a las personas intersexuales o aquellas que nacieron con órganos genitales tanto masculinos como femeninos.

No son pocos los que afirman que la intersexualidad (comúnmente llamada hermafroditismo) es una condición física que poco tiene que ver con las orientaciones sexuales e identidades de género diversas reunidas en la sigla LGBT. No obstante, desde hace algunos años un buen número de personas habla de población LGBTI.

De manera más reciente, se ha empezado a hablar de sectores LGBTIQ. Esta última letra se refiere a personas queer. Pero ¿qué es ser queer y qué tan válido es utilizar la “Q” en dicha sigla?

Grafiti encontrado en la ciudad de
San Francisco (Estados Unidos)
titulado: “forever queer”.
Foto: torbakhopper
En el ensayo “Queer: historia de una palabra”, la filósofa española Beatriz Preciado señala: “desde su aparición en el siglo XVIII en lengua inglesa, queer servía para referirse al tramposo, al ladrón, al borracho y a la oveja negra, pero también a todo aquel que no pudiera ser inmediatamente reconocido como hombre o mujer”. Era una manera de calificar a los hombres afeminados y a las mujeres masculinas.

En la sociedad victoriana (reinado de Victoria I en el Reino Unido entre 1837 – 1901), donde se defendía “el valor de la heterosexualidad”, agrega Preciado, queer era la palabra usada para nombrar a aquellas personas que escapaban de lo heterosexual. Eran queer el maricón, la lesbiana y el travesti.

No obstante, en menos de dos siglos, la palabra cambió radicalmente de uso. “A mediados de los ochenta, empujados por la crisis del Sida, un conjunto de microgrupos decidió apropiarse de la injuria queer para hacer de ella un lugar de acción política”, afirma.

“Así, ya no era ‘el señorito heterosexual’ el que llamaba al otro ‘maricón’ sino que ahora el marica, la lesbiana y la persona trans se autodenominaban queer. La palabra dejó de ser un instrumento de represión social para convertirse en uno revolucionario”, agrega.

Carlos Fonseca y María Luisa Quintero, docentes de la Universidad Autónoma de México, explican en el ensayo “La Teoría Queer: la deconstrucción de las sexualidades periféricas”, que lo queer representa las sexualidades que traspasan las fronteras de lo aceptado socialmente: la vida heterosexual, mo­nógama y entre personas de la misma edad y clase social, entre otros.

Una vida sin etiquetas

La palabra queer, afirman, utilizada como verbo significa ‘desesta­bilizar’ normas aparente­mente fijas. Mientras que el adjetivo queer es entendido como ‘raro’, ‘torcido’ o ‘extraño’ y no existiría sin su contraparte straight, que significa “de­recho” o “heterosexual”.

En términos generales, además de retar la heterosexualidad obligatoria (también llamada “heteronormatividad”), la teoría queer rechaza clasificar a las personas por su orientación sexual o identidad de género.

“¿Por qué habría que definirse por un gusto en la sexualidad? ¿Por qué si a una mujer le atrae un hombre tendría que definirse como heterosexual? ¿O si a una mujer le gusta alguien de su mismo sexo tendría que calificarse como lesbiana?”, se pregunta Andrea García Becerra, antropóloga, magister en estudios de género y docente de la Universidad Javeriana en Bogotá.

Fonseca y Quintero señalan que, tal como lo ha dicho la filósofa norteamericana Judith Butler, cualquier categoría de identidad, como la “lesbiana” o la “heterosexual” por solo nombrar dos, regula, controla, autoriza y, en menor medida, libera.

La palabra homosexual, agrega García, es impuesta por el poder médico desde un punto de vista patológico. Es creación de algunos médicos de finales del siglo XIX en Europa, que acuñaron este término para hablar casi que de una nueva especie de sujetos.

“Es difícil afirmar que en todo el mundo hay personas transgeneristas y que siempre han existido, porque ese es un término impuesto por el poder médico y los activistas. Es posible que en un pueblo indígena no exista esa categoría sino personas con dos espíritus. Desde 2002 se habla de personas trans. Antes posiblemente éramos locas o travestis”, asegura García.

Además de oponerse a categorías como homosexual, heterosexual y transexual, la teoría queer cuestiona las clasificaciones por género: hombre, mujer o masculino o femenino por considerarlas imposiciones. “La femi­neidad no es producto de una elección, sino de unas reglas del género”, enfatizan Fonseca y Quintero.

En el ensayo “Basura y Género. Mear/Cagar. Masculino/Femenino”, Beatriz Preciado afirma que los baños, por ejemplo, se han convertido en espacios para evaluar la coherencia de los cuerpos que allí entran, con los códigos vigentes de masculinidad y feminidad.

Preciado explica que la única señal existente en la puerta de cada baño es una interpelación de género: damas o caballeros, bigote o florecilla. “Como si hubiera que entrar al baño a rehacerse el género más que a deshacerse de la orina y de la mierda. No se nos pregunta si vamos a cagar o a mear, lo único que importa es el género”.

“En estos espacios, cualquier ambigüedad de género (pelo corto, falta de maquillaje, una pelusilla que sombrea en forma de bigote, paso demasiado afirmativo…) exigirá un interrogatorio al usuario potencial quien se verá obligado a justificar la coherencia de su elección de baño: ‘eh, usted. Se ha equivocado de baño, los de caballeros están a la derecha’”, enfatiza.

¿Personas LGBTIQ?

Así, teniendo en cuenta que lo queer cuestiona lo LGBT, resulta contradictorio hablar de personas LGBTQ. Lo queer no puede ser entendido como una categoría más de esa sigla porque está en contra de estas: busca no encasillarse ni definirse sino vivir en una fluidez constante.

“Los discursos de algunos(as) activistas que trabajan en políticas públicas y reciben un sueldo de las Alcaldías suelen ser estáticos: ‘somos una comunidad de gais, lesbianas, bisexuales y transgeneristas y organizamos plantones’. Y es importante que vayan más allá: que profundicen, por ejemplo, en qué pasa con las experiencias en género y sexualidades que no están dentro de lo LGBT”, afirma García.

Según Marta Cabrera, directora del departamento de Estudios Culturales de la Universidad Javeriana en Bogotá, es peligroso utilizar la expresión “comunidad LGBT” porque ahí no hay ninguna comunidad. “Eso se presta para que después se llegue a extremos como decir que existe ‘una mafia o una dictadura LGBT’. Lo que sí puede haber son uniones estratégicas entre las diferentes letras”.

Ahora, el término queer no puede entenderse como sinónimo de gay o de homosexual. “Se trata, por el contrario, de resistirse a la tentación de reposar en una identidad. Propone tener una conciencia crítica constante y estar en desarrollo”, agrega Cabrera.

Lo queer, además, está en contra de la noción de lo gay como una sola cosa: un presunto mundo de hombres lindos, con poder y que viven en Chapinero.

La teoría queer es el resultado de una serie de discusiones en un contexto norteamericano. “Y un ejercicio mucho más interesante sería pensar esta teoría en el ámbito colombiano, prescindiendo incluso del término queer. Siempre ha habido prácticas queer aunque sin calificarlas de esta manera. El reto sería descubrirlas e identificar cómo algunas personas se han resistido a las identificaciones”, completa Cabrera.

También vale la pena reconocer, explica García, que muchas autoras feministas como Teresa de Lauretis o Gayle Rubin, han hecho aportes fundamentales a esta teoría sin usar el término queer.

“El feminismo tiene una vertiente que cuestiona la heterosexualidad obligatoria, identidades como la de ‘lesbiana’ y la categoría de ‘mujer’. Simone de Beauvoir, feminista y filósofa francesa, dijo en 1949 una frase que sigue siendo emblemática para la teoría queer: ‘no se nace mujer, llega una a serlo’”, afirma García.

Desde el lente de esta teoría, la lucha por el Matrimonio Igualitario o entre personas del mismo sexo tampoco tiene mayor sentido. Es considerada una institución excluyente por naturaleza y un intento para que todas las personas pertenezcan a un mismo sistema.

“El matrimonio ha sido un modelo de dominación que hace del cuerpo de las mujeres un objeto de apropiación por parte de los hombres. ¿Por qué no existe otra forma de reconocer derechos como la seguridad social distinta al matrimonio o a ser pareja? ¿Por qué una persona no puede afiliar a su hermana desempleada?”, dice García.

Además, según Marta Cabrera, hay temas más prioritarios que el Matrimonio Igualitario como pueden ser las violencias contra la población trans. También hay personas LGBT que consideran que en realidad solamente les interesa casarse a unos pocos homosexuales y lesbianas.

“Sería muy extraño que un asunto como ese formara parte de una agenda común de las diferentes letras de esta sigla. ¿Qué tanto le puede importar el Matrimonio Igualitario a los intersexuales o a las personas transgeneristas?”, pregunta Cabrera.

“Desde el punto de vista de las políticas de inmigración, la demanda de legalización del matrimonio gay refuerza el matrimonio como condición de acceso a la ciudadanía. Del mismo modo, los programas institucionales de lucha contra la ‘violencia de género’ contribuyen a una naturalización de la relación entre violencia y masculinidad”, señala Beatriz Preciado en una entrevista realizada por Jesús Carrillo, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid.

Sin embargo, visto desde la igualdad en derechos y el reconocimiento de diversas formas de familia, García está de acuerdo con el Matrimonio Igualitario. “¿Por qué solamente a los heterosexuales se les permite tener este derecho?”.

“Este es un tema que no solamente debería ser de interés de las personas gais o lesbianas, sino de todos y todas: se trata de lograr un sistema jurídico que cobije lo humano y no solamente a unas personas”, afirma.

Voces en contra

La teoría queer también tiene opositores. Desde quienes critican que se use una palabra (queer) que no tenga traducción precisa al español, hasta quienes consideran que desconoce las luchas políticas de los movimientos LGBT al cuestionar esas identidades.

Para otros, lo queer no pasa de ser una moda académica, una discusión que está en las nubes y que solamente entienden los académicos al punto de que algunos les preguntan, recuerda Cabrera, “¿por qué no pueden hablar como gente normal?”

“Hay activistas que se sienten intimidados por el lenguaje de la academia. Sienten que este es un espacio excluyente y, en algunos casos, tienen razón. Es importante hacer mayores esfuerzos para dialogar y apoyarse mutuamente”, enfatiza.

También hay críticas más superficiales como quienes aseguran que detrás de todo esto solamente hay unas personas que creen que suenan más interesante definiéndose como queer en vez de como lesbiana o gay.

Sin embargo, tal como lo afirman Fonseca y Quintero en su ensayo, lo que no se puede desconocer es que lo queer procura un mundo sin fronteras y de igualdad de derechos entre personas diferentes: aboga por que cada quien pueda ser quien es, tal y como es.
Sentiido.com (Sentiido.com) / CC BY-NC-ND 3.0

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